Me arrepiento de mi aborto. Esta es mi historia

Laura cargó su aborto en silencio durante años. El duelo, la culpa, la vergüenza y lo que le costó perdonarse.

20 de septiembre de 2026 · 20 min de lectura

Hola. Mi nombre es Laura y esta es mi historia.

Antes que nada, quiero decir que esta es mi experiencia. Que yo haya vivido el aborto de esta manera no quiere decir que todas las mujeres lo hayan vivido igual. Simplemente quiero compartir mi experiencia porque creo que todas las historias importan porque tenemos algo que aportar y alguien siempre puede aprender de nosotros. Y porque, de alguna manera, al hacerlo, honro a esa persona que existió en mi vida, aunque haya sido por breves momentos.

2006

Era 2006. Yo acababa de entrar a la universidad. Venía de una prepa de puras niñas, católica, y comenzaba a darme cuenta de cómo Dios había trabajado en mi vida a lo largo de algunas de las experiencias más difíciles de mi infancia. Me di cuenta de que nunca había estado sola y de que Él siempre me había acompañado. Darme cuenta de eso en esa etapa de mi vida fue muy importante para mí, porque creo que marcó una pauta en la relación que empecé a tener con Dios desde ese momento.

Conocí a un niño. Los dos éramos muy inmaduros, yo creo, y teníamos una relación demasiado tóxica. Él era de otro estado de la República, con una mentalidad muy diferente a la mía, y la verdad es que yo sabía que él no era para mí. No me trataba bien. No me hacía sentir bien conmigo misma. Pero pues, en mi vida, en la que yo trataba de escapar de ciertas realidades de mi vida y de mi casa, probablemente lo vi como un instrumento para escapar de ellas. Entonces, pues no era una bonita relación. Peleábamos mucho, tomábamos mucho; él, sobre todo.

Y pues, de alguna manera, decidí yo, con mi libertad, en plena libertad de conciencia, tener relaciones con él. Fue mi primera vez. No fue nada como yo lo había imaginado. La verdad es que fue horrible. Pero pues yo quedé embarazada después de eso.

Cuando me enteré

Entonces, ese momento marcó un parteaguas en mi vida, definitivamente, porque cuando me enteré de que estaba embarazada, dije: “Ay, qué padre, un bebé”. Pero él no tuvo la misma reacción y, además, había otras circunstancias. O sea, estábamos empezando a estudiar la carrera, obviamente yo no tenía trabajo, muy jóvenes, etc.

No recuerdo, la verdad, cómo fue. No me acuerdo si él sugirió el aborto. Confieso que eso no lo recuerdo. Pero me acuerdo de que hablé con alguien y ella me dijo que había un doctor en un lugar de la Ciudad de México que hacía abortos clandestinos, porque era ilegal en ese entonces. Y me acuerdo perfecto de que esta persona me dijo: “Sí, sí. Él ve a las niñas bien de escuelas bien, como tú”. No creo que haya sido su intención hacerme sentir mal o estúpida, pero pues así me sentí.

Para no hacer el cuento largo, estaba sola, confundida, tenía miedo y le acabé diciendo a una amiga. Fuimos a este doctor y ella me acompañó. El doctor me revisó, y me dijo: “No te vas a ir al infierno. No te preocupes, no pasa nada”. Me acuerdo que mi amiga pagó esa consulta. Y lo recuerdo porque, de alguna manera, mi situación terminó involucrándola también a ella en algo en lo que no tenía por qué estar involucrada. Sin embargo, estuvo ahí conmigo y me ayudó.

Mis amigas

La verdad es que tengo que decir que, durante todo esto que yo viví, que yo lo describo como un infierno, siempre tuve amigas cuya compasión agradezco inmensamente. Todas niñas de esta escuela religiosa, todas niñas bien, todas niñas que pudieron haberme juzgado, y no fue así. Hasta cuando les pedí dinero para pagar el aborto —imagínense qué vergüenza—, lo hicieron con una gracia y con un respeto que nunca voy a olvidar. Siempre me mostraron mucho cariño. Me dijeron las cosas muy en serio, incluso me hablaron de la opción de dejarlo vivir, pero siempre con mucho amor y mucho cariño. Y la verdad es que eso se los agradezco muchísimo.

Quién iba a pagarlo

El aborto obviamente costaba dinero, y costaba mucho dinero en ese entonces. No recuerdo exactamente la cantidad. Se suponía que mi novio —que creo que para entonces ya no era mi novio; la verdad es que no recuerdo exactamente en qué momento habíamos terminado— iba a pagarlo. Pero Él también era muy joven y particularmente inmaduro, y hoy quiero pensar que probablemente tampoco sabía cómo manejar lo que estaba pasando. No sé cómo estaba viviendo él todo esto ni qué estaba sintiendo. Y, por lo que lo conocí, tampoco creo que el aborto le hubiera valido madres.

Lo que sí recuerdo es que parte del dinero que tenía para pagar el aborto se lo había gastado en pedas, en alcohol. Y llegó un momento en que tuve que sentarlo y decirle: “¿Qué pedo? Pues págalo”. Y él me respondió que me pusiera a lavar coches para pagarlo yo también.

Éramos muy jóvenes y los dos estábamos tomando decisiones desde nuestra propia inmadurez y desde las circunstancias en las que estábamos. Pero eso no quita que, cuando me dijo que me pusiera a lavar coches, a mí me pegó durísimo. Yo ya me sentía mal, estaba confundida y no sabía qué hacer. Y pensé: “Güey, yo no me puedo poner a lavar coches para conseguir este dinero”. Así que no me quedó otra que sentar a mis papás y decirles la verdad.

Un paréntesis

Para esto hago paréntesis, porque yo nunca tuve duda de lo que yo estaba haciendo. O sea, nunca tuve duda de que había una vida en mi vientre. Nunca tuve duda de que había una persona, que era mi hija o mi hijo, dentro de mí. Y obviamente esa anticipación de saber lo que le iba a pasar, o lo que yo le iba a hacer, pues me tenía preocupada y triste. Muy triste. Y me consumía por dentro. O sea, en todo este proceso del antes, el día del aborto, y después, perdí como 10 kilos. Y es que el duelo te consume porque involucra muchas emociones que no se viven solamente emocionalmente, si no físicamente también.

No terminó solo en mí

El tema es que este güey me manda a la chingada y pues yo senté a mis papás y les dije la verdad. Se lo dije a ellos y a mi hermano mayor. Mi papá se volteó luego luego, así como de: “Ese pendejo”. Mi mamá lloraba y lloraba y lloraba. Y el güey acabó pagando, pero aquí hay algo que entendí mucho tiempo después. En mi caso, el aborto no fue algo que solamente me afectó a mí. De alguna manera terminó involucrando y afectando también a personas que estaban a mi alrededor. Mi mamá, por ejemplo, se dormía llorando. No sé durante cuánto tiempo, pero recuerdo verla profundamente afectada por lo que estaba pasando.

Con mi papá me di cuenta muchos años después. Cuando nació mi primera hija fue por cesárea. Yo estaba en recuperación y, cuando finalmente regresé a mi cuarto, mi papá ya estaba ahí esperándome. Estaba llorando. Y me dijo: “Bueno, ya puedes estar tranquila. Ya tienes a tu bebé”. En ese momento entendí que él también había cargado algo de aquella experiencia durante todos esos años.

Y no digo que esto suceda así en todos los casos. Ya dije desde el principio que ésta es mi historia y solamente puedo hablar de ella. Pero en mi historia, el efecto de mi aborto no terminó solamente en mí. También alcanzó a otras personas que me querían y que, de una manera u otra, terminaron viviendo algo de aquello conmigo.

Y con mi ex novio con el que viví el aborto, pasa algo parecido en el sentido de que yo tampoco sé qué estaba viviendo. Él seguía de peda en peda, de fiesta en fiesta, y después de que todo esto pasó yo no volví a saber de él. No sé qué pensó, no sé qué sintió y no sé cómo influyó esta experiencia en su vida. Pero tampoco quiero asumir que le valió madres o que no le afectó, porque la verdad es que no lo sé. Quiero pensar que, así como esta experiencia —por muy dura que haya sido— terminó formando parte de la persona que soy hoy, también para él significó algo. Quiero pensar que no cayó en saco roto. Que siendo también el papá de ese niño o de esa niña, de alguna manera esa experiencia lo hizo crecer, o reflexionar.

El día

El aborto fue el 16 de junio, creo. Fue sin anestesia. Fue muy doloroso. Terminó y el doctor se salió. Había mucho ruido. Me dijo: “No te pares”, pero pues… y vi. Vi cosas que no debía haber visto, yo creo. Y en ese momento, dentro de mí, fue como: “Bueno, ¿qué pensabas que sería? ¿Cómo pensabas que iba a ser?”.

Y creo que en ese momento, como que inconscientemente, me dije a mí misma: “Esto tú lo decidiste. Esto fue tu decisión. Por lo tanto, no lo puedes sufrir. No lo puedes sufrir”.

Y así fue. Durante años lo cargué dentro.

Los años de no sentir

Luego luego, después de cortar con este hombre, me metí en otra relación. Pues imagínense. Si de por sí yo ya traía mis pedos, probablemente traumas de mi infancia, más todo lo que estaba viviendo después del aborto… Creo que este hombre recibió a una persona sumamente rota, sumamente herida. Porque la verdad es que yo la estaba pasando de la súper chingada, jaja, o sea, no puedo ser más explícita, pa que me entiendan.. Había algo que me estaba comiendo por dentro y yo ni siquiera sabía qué hacer con ello. No sabía cómo sacarlo, cómo trabajarlo, cómo enfrentarlo ni absolutamente nada.

Mi proceso de duelo por el aborto fue largo y fue muy cabrón. Nunca había sufrido algo así. Era algo que me comía por dentro. Estaba la culpa, pero al mismo tiempo estaba el hecho de que había sido mi decisión; estaban también todas las circunstancias que me habían llevado a tomarla. Era una cosa detrás de otra y yo, francamente, no quería enfrentarme a nada de eso.

Me volví muy autodestructiva. Tomaba demasiado. Salía muchísimo. Si no salía aquí, salía allá. Amaba las pedas porque creo que, de alguna manera, lo que quería era olvidar, dejar de sentir, no pensar. No quería enfrentarme a lo que había pasado ni a lo que estaba sintiendo. Quería apagarlo un rato.

Y aun así, otra vez, tuve amigas increíbles. Me cambié de carrera y conocí a gente que estuvo conmigo de una manera que nunca voy a olvidar. Yo siempre digo que Dios me ha puesto gente increíble en la vida, y ellas también lo fueron. Yo podía estar pedísima, llorando por todo lo que había pasado, y ellas estaban ahí. Me escuchaban, me consolaban, me acompañaban. También hubo risas, pedas y momentos muy padres. Porque la vida tampoco dejó de existir mientras todo esto estaba pasando.

La culpa y la vergüenza no son lo mismo

El tema es que llegó un momento en que yo ya no podía lidiar con todo esto. Y aquí quiero volver a decir algo que dije desde el principio: cada persona vive su aborto y su duelo (si es que lo tiene) de manera diferente. Ésta es mi experiencia. Y en mi experiencia, Dios jugó un papel importante, porque como lo conté desde el principio, Dios ya era alguien muy importante en mi vida y mi fe era parte de cómo yo entendía lo que me había pasado. Y yo sabía que Él estaba conmigo, pero al mismo tiempo cargaba una culpa enorme.

Me acuerdo que me confesé muchísimas veces, porque yo no podía perdonarme. Y llegó un momento en que entendí algo: el tema no era que Dios me hubiera perdonado; el tema era que yo no podía perdonarme a mí misma.

Y una noche, en un retiro al que yo fui, en una actividad donde tenías la oportunidad de reconocer tus faltas y reconciliarte con Dios, sentí que Dios me decía: “Déjalo ir. Ya deja de castigarte. Ya deja de hacerte mierda por dentro y déjalo ir. Yo te perdono. Yo te amo. Aquí estoy”.

Me acuerdo que lloré. Creo que estuve como tres horas llorando. Y ese momento fue increíble en mi vida porque fue cuando me di cuenta de cuánto daño me estaba haciendo yo misma. Y entendí la diferencia entre la culpa y la vergüenza.

Para mí, la culpa me decía: “Hiciste algo que estuvo mal”, pero la vergüenza me decía: “Tú estás mal. Tú eres una mierda”. Y creo que eso fue lo que cargué durante muchísimo tiempo. No solamente me arrepentía de una decisión; había convertido esa decisión en una manera de verme a mí misma.

Perdonarme ese día, no significó borrar lo que había pasado ni dejar de sentir culpa de un día para otro. Significó empezar a separar lo que había hecho de quien yo era. Poder decir: “Sí, tomé una decisión de la que me arrepiento. Pero esa decisión no contiene todo lo que soy”. Y creo que dejar ir esa vergüenza fue una parte importantísima de poder seguir adelante.

Del entender al vivir

Pero entender que tenía que dejar de castigarme no significó que al día siguiente todo estuviera bien. Una cosa era entenderlo y otra muy distinta aprender a vivir de otra manera. Yo llevaba mucho tiempo hablándome desde la vergüenza, diciéndome cosas terribles, y había desarrollado hábitos que utilizaba para no sentir, como tomar demasiado. No bastaba con decidir que ya no quería vivir así. Tuve que empezar, poco a poco, a cambiar la manera en que me hablaba, a enfrentar lo que sentía en lugar de tratar de apagarlo y a perdonarme.

Y mientras todo esto sucedía, la vida siguió pasando. Hubo otras cosas dolorosas que se sumaron a lo que yo ya traía dentro. Fue un proceso largo y difícil, hasta que llegó un momento en el que toqué fondo y en el que decidí que tenía que perdonar y dejar ir.

Y literal, llegó el momento en que decidí agarrar el toro por los cuernos. Empecé a enfrentar mis demonios del pasado: mi infancia, el aborto y muchas otras cosas que había cargado durante años. Empecé también a entender que parte de sanar significaba perdonarme, pero también perdonar a personas que me habían hecho daño porque yo ya no quería seguir cargándolo todo dentro.

Dejar de verme solo como víctima

Y en medio de ese proceso apareció una persona que terminó convirtiéndose en mi pareja y, después, en mi esposo. No es que él llegó a arreglarme la vida. Yo ya estaba haciendo ese trabajo y me ha costado años. Y quiero decir esto porque creo que durante mucho tiempo yo me vi a mí misma como una víctima. Como una persona a la que le habían pasado cosas: cosas que había vivido en mi infancia, el aborto, personas que me habían hecho daño, que me habían traicionado. Y sí, hubo cosas que me pasaron y hubo personas que me hicieron daño. Pero llegó un momento en que entendí que no podía seguir mirando mi vida solamente desde ahí.

Tuve que empezar a reconocer también mi propia responsabilidad. No todo era culpa de alguien más. Yo también había tomado decisiones. Yo también había cometido errores. Yo también había lastimado a otras personas. Y poder reconocerlo fue, curiosamente, una de las cosas que más me ayudó a crecer. Porque cuando dejé de verme solamente como una víctima, pude empezar a mirar mi historia completa, incluyendo la parte que me correspondía a mí.

Obviamente, hoy les cuento todo esto a toro pasado. Han pasado muchos años. Por eso hoy puedo mirar al hombre con quien viví el aborto y preguntarme qué estaría viviendo él también. Puedo mirar a la pareja que tuve después y reconocer que recibió a una persona hecha mierda, que estaba cargando muchísimas cosas que ni siquiera sabía cómo enfrentar. Y puedo mirarme a mí misma como una persona con fallas, que hizo cosas bien y cosas mal, y no solamente como alguien a quien le pasaron cosas.

Y para mí eso fue liberador. Porque asumir mi responsabilidad no significó echarme encima toda la culpa. Significó reconocer la parte que me correspondía, perdonar la parte que les correspondía a otros y empezar a soltar. Durante mucho tiempo fue como si hubiera cargado un saco de piedras. Culpa, vergüenza, resentimiento, dolor, enojo… todo ahí adentro. Y poco a poco, al asumir mi responsabilidad, al perdonar y al dejar ir, pude empezar a soltar ese saco.

Eso fue crucial en mi proceso de crecimiento. Y digo crecimiento porque creo que ésa es la palabra que mejor lo describe. Me dio humildad. Me dio sabiduría. Me dio compasión hacia mí misma y también hacia las otras personas que habían formado parte de mi historia. Y aunque ahora estoy hablando específicamente del aborto, esto terminó cambiando la manera en que miraba muchas otras cosas que había vivido a lo largo de mi vida.

Lo que vino después

Y aunque yo ya había empezado a trabajar todo este dolor, con los años entendí que una experiencia así no necesariamente termina cuando termina el evento. En mi caso, lo que había vivido con el aborto siguió permeando la manera en que experimenté otras cosas que vinieron después.

Me casé y perdí mi primer bebé casi al final del primer trimestre. Tuvieron que hacerme un legrado y fue muy fuerte para mí porque me remontó muchísimo al día del aborto. Me enojé muchísimo con Dios. Por un momento pensé: “Me está castigando”. Mi corazón me decía: “Sabes que no es cierto”, pero mi cabeza se hacía bolas. Y tuve que aprender a confiar. A entender que hay muchísimas cosas sobre las que no tenemos control y que, para mí, una parte fundamental de la fe es precisamente ésa: confiar.

Un mes después quedé embarazada de mi primera hija. Y yo entendí que Dios tenía un plan para mí. Hoy creo que tiene un plan para todos nosotros, aunque a veces no lo entendamos y aunque nos cueste muchísimo trabajo aceptarlo. Para mí, rendirme ante Él también ha significado reconocer mis propias limitaciones, mis errores, mis malos hábitos y todas esas partes de mí misma que a veces preferiría no mirar.

Gracias a Dios fui madre nuevamente. Seis veces más, pero solo cuatro viven. Y creo que, a grandes rasgos, una parte muy importante de mi vida ha sido descubrirme a mí misma como madre, como esposa y como persona, con mis traumas, con mis errores y con todo el equipaje que llevaba cargando. Aprendí que no puedo con todo y que hay momentos en los que necesitamos ayuda.

También entendí la trascendencia que tenemos en la vida de las personas que nos rodean. Lo entendí especialmente con mis hijas y con mi esposo. Me di cuenta de que todos mis traumas, todos mis pedos, no tienen por qué convertirse en sus traumas y en sus pedos. Y eso me obligó a seguir trabajando en mí misma, a seguir perdonando y a dejar de esconder o tratar de apagar lo que me dolía, como durante mucho tiempo hice con el alcohol.

Me di cuenta de que Dios me ama y de que, para mí, parte de corresponder a ese amor es tratar de vivir de una manera que le haga honor. Y no siempre es fácil. Cuesta mucho trabajo.

Y para no hacerles el cuento largo, terminé convirtiéndome en la directora de una organización que acompaña a personas y familias que han vivido pérdidas reproductivas. Así que, de una manera que jamás habría imaginado a los veinte años, aquella experiencia también terminó formando parte de quien soy y del trabajo que hago hoy.

Y creo que mi propia experiencia, junto con los años que llevo escuchando y acompañando las historias de otras personas, me ha enseñado algo que para mí es fundamental: todas las historias importan. A veces creemos que no tenemos absolutamente nada en común con otra persona. Podemos no entender sus decisiones, podemos estar en desacuerdo con ellas e incluso podemos juzgarlas. Pero cuando nos detenemos a escuchar su historia, puede haber algo ahí que nos enseñe, que nos dé perspectiva y que nos permita mirar más allá de nuestra propia manera de entender las cosas.

Por qué comparto esto

Y por eso estoy aquí, abriendo una parte de mi vida que durante mucho tiempo fue una de las más dolorosas y difíciles de mirar. Comparto esta historia por tres razones.

La primera razón por la que comparto esta historia es porque creo que a veces pueden coexistir sentimientos que parecen completamente contradictorios. Yo me arrepiento de mi aborto. Y al mismo tiempo, hay una parte de mí que sintió alivio.

Durante mucho tiempo me costó muchísimo aceptar esas dos cosas dentro de mí. Me costaba aceptar que algo que me había causado tanto dolor también me hubiera aliviado. Yo no quería tener un hijo con ese hombre. No quería estar ligada a él por el resto de mi vida. Pero, al mismo tiempo, para mí ese bebé no tenía la culpa. Y decir “sí, sentí alivio” sigue siendo algo muy fuerte para mí. Es algo que todavía trabajo.

Con los años, y también escuchando las historias de muchas otras mujeres, he entendido que sentimientos aparentemente contradictorios pueden coexistir. El alivio no necesariamente borra el dolor. El dolor no necesariamente borra el alivio. Una cosa no cancela la otra.

La segunda razón por la que comparto esta historia es porque el aborto es un tema profundamente controversial y muy politizado. Y cuando hablamos de él desde nuestras posiciones, nuestras creencias o nuestras opiniones, puede parecer muy fácil dividirlo todo entre blanco y negro. Pero cuando eres la persona que está viviéndolo, la realidad puede ser muchísimo más compleja. Puede ser gris. Puede ser opaca. Puede estar llena de contradicciones.

Las circunstancias que me llevaron a mí a abortar fueron mías. Lo que viví después también fue mío. Cada persona llega a sus decisiones y a sus experiencias con una historia diferente, una familia diferente, heridas diferentes, creencias diferentes y circunstancias diferentes. Incluso dos personas que crecieron en la misma casa pueden vivir una misma experiencia de maneras completamente distintas.

Por eso ésta no es “la historia del aborto”. Es solamente una historia de aborto. La mía.

Y la tercera razón por la que comparto esta historia es simplemente porque, si hay alguien allá afuera que está atravesando un momento difícil, quiero que sepa que no está sola.

El apoyo de otras personas fue fundamental para mí. Mis amigas estuvieron conmigo cuando más lo necesité, mi familia estuvo conmigo y, con los años, también hubo otras personas que me acompañaron. Hay experiencias que cuesta muchísimo trabajo atravesar y trabajar, pero no tenemos por qué hacerlo solos.

Y también creo que podemos crecer a partir de las cosas que vivimos, incluso de aquellas que jamás habríamos elegido vivir. Hoy puedo reconocer que, aunque jamás habría elegido aprender estas cosas de esta manera, esta experiencia terminó formando parte de la persona que soy: de cómo soy como madre, como esposa, como amiga, de cómo escucho a los demás y de cómo acompaño a otras personas en mi trabajo.

Y no digo esto porque crea que tenemos que encontrarle algo bueno a todo lo que nos pasa. Creo simplemente que así sucede muchas veces en la vida. Tenemos libertad, tomamos decisiones, acertamos, nos equivocamos, vivimos cosas que no elegimos y, aun así, podemos decidir qué hacemos con ellas. Podemos aprender. Podemos crecer.

Y si de algo sirve mi historia, es para decirte que no estás sola.

Gracias por escucharme.

Que Dios los bendiga.

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